miércoles, 18 de noviembre de 2015

ANTAGONÍA




De cine y Literatura


A la edad de quince años, solía acudir al cine de Arte y Ensayo con una regularidad que rayaba casi lo enfermizo, espartana disciplina de la que al igual que me sucede con la literatura, quedan recuerdos mejores y peores. Una película de entonces de la que se habló mucho y se escribió mas, fue El desencanto, toda una parodia de la familia los Panero y de la vida cultural española tan plagada de sagas y clanes sin los que difícilmente se entendería la historia del siglo XX. Tenemos así en el cine a los Molina, Paula, Miguel y la inigualable y a veces inaguantable, Ángela, a los Bardem, grupo en el que el relevo de lo más jóvenes, caso de Javier, superan a los próceres, Pilar y Juan Antonio, y por qué no, hasta a los Banderas, no en vano el propio Antonio hizo debutar en su estreno como Director a su propia hija. En literatura, los clanes, las sagas, adquieren a veces tintes casi dramáticos, ya que suelen venir teñidos de luto. Los Goytisolo, de los que sólo quedan Juan y Luis tras el fallecimiento de José Agustín, continúan en su línea habitual, casi compitiendo entre ellos. Y Los Panero... ¡qué decir de los Panero que no se haya dicho, o que no haya quedado reflejado en la pantalla!. Yo lo desconocía casi todo de ellos (tenía quince años cuando vi la película) y aún tardaría muchos años en frecuentar su literatura y las historias de algunos como Leopoldo María Panero, poeta maldito donde los haya. La película El desencanto, no se la recomiendo a casi nadie, a no ser que se sea un purista y se quiera indagar desde otro punto de vista en la vida de una de las familias de poetas más respetados del siglo. Entiendo que nunca la intimidad debería de ser motivo de escarnio y exhibición pública, ya que apenas encuentro diferencias entre el filme y el esnobismo de quienes en beneficio "del arte" se encierran en una casa durante noventa días aduciendo que lo que hacen es una "perfomance" o un experimento. Tanto da. Yo al menos, no la veo. De los Goytisolo, que decir que no se sepa. Juan y Luis  continúan recluidos en su voluntario ostracismo y salvedad de algún que otro artículo en un diario nacional que siempre provoca polémica, no se les conoce vida social más allá de lo exigido. Hasta que “el temido Premio Cervantes” se acuerda de uno de ellos”. Yo tuve la fortuna de conocer la obra de Luis Goytisolo, como muchos otros, merced a los buenos auspicios de un profesor de literatura que afirmaba sin pudor y con gran acierto, que en el futuro se estudiarían sus textos como entonces se estudiaban los de Cela, Machado o Luis Martín Santos. Eso me llevó a su mastodóntica  Antagonía, casi en las mismas fechas en las que me acerqué a la particular interpretación del mito helénico Ulises de James Joyce, y en las que en plena efervescencia de los Cines de Arte y Ensayo visioné El desencanto. Me resulta difícil así separar hoy en día el cine de la literatura, no por lo que los une, que es mucho, sino por lo que los separa. Afirmaba Luis Goytisolo en una entrevista no hace muchos años, que "llegará un día en el que nadie escriba novelas", categórica afirmación que se entiende si se quiere subrepticiamente tras la lectura precisamente de Diario de 360º, obra en la que mezcla en un alarde narrativo sumamente eficaz diferentes géneros literarios: el diario, el ensayo y la novela. Diario de 360º es la crónica escrita y la no escrita de un tiempo, de un siglo y si se quiere de una generación: aquella que convivió bajos los auspicios de Antagonía, su gran obra de juventud y madurez, y que fue creciendo a la par que su autor. Supongo que es difícil para un escritor de la talla literaria de Luis Goytisolo mostrarse ajeno a la impronta de su apellido. Pero si se añade a dicha impronta la importancia que su obra tuvo, tiene y tendrá para las generaciones futuras, no cabe duda que conviene hablar de él como de uno de los grandes. Reflexión que es aplicable y extensible a los Panero y su Desencanto. No en vano nosotros somos los hijos de una generación desencantada quizás porque accedimos a demasiadas cosas antes de tiempo (la política, el sexo, la vida...) o porque pretendimos indagar allá donde nuestro sentido común, el más común de los sentidos, nos invitaba a quedarnos en la superficie.