jueves, 17 de noviembre de 2011

Angel Olgoso: ¿Cuentista oculto o cuentista de culto?


Si existe un género literario especialmente maltratado por la historia de la literatura, sin duda alguna es el relato hiperbreve. Posiblemente decir que es un género maltratado sea excesivo. No en vano la literatura del siglo XIX y comienzos del XX nos ha deparado grandes cuentistas, maestros del relato corto. Y por encima de cualquier otro continente, el hispanoamericano se lleva la palma. ¿Habrá alguien que no haya leído los relatos hiperbreves de Juan José Arreola, Augusto Monterroso o Julio Torri?. Y puestos a rizar el rizo, ¿de Ángel Olgoso? De los primeros, van a permitirme la licencia de ponerlo en duda. Del último... Para eso estamos aquí, porque incluso para mí, descubrir a Ángel Olgoso y sus relatos de Cuentos de otro mundo, Los demonios del lugar o Los líquenes del sueño (Tropo Editores 2010) fue tan agradable como en su día leer el relato del dinosaurio de Monterroso. Aunque en el caso de Los líquenes del sueño no estemos hablando de microrrelatos, si lo hacemos en general de un avezado microrrelatista. Y es que Ángel Olgoso ha recopilado en su último libro tres décadas de relato breve en el que se echan en falta para todos aquellos que le seguimos desde hace años los correspondientes a la etapa del cultivo de sus microrrelatos, posiblemente la etapa mas fecunda y misteriosa literariamente hablando.

Pero vayamos por partes.

Cuando parecía casi imposible desbancar al dinosaurio de Augusto Monterroso como el cuento mas breve de la historia de la literatura, (Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí), viene Guillermo Samperio con El fantasma (pag. 223 de Por favor sea Breve 2 (Editorial Paginas de Espuma), y uno se pregunta, ¿es que acaso El dinosaurio de Monterroso no es un cuento como algunos defienden sino una novela en sí misma con argumento, nudo y desenlace?. En fin, sirva esto como reflexión a la hora de abordar la lectura de uno de los libros más interesantes de cuantos se han editado últimamente, Por favor sea breve 2. Porque El dinosaurio es posible que se resista a ser un hiperbreve, pero todos los relatos breves incluidos, seleccionados por Clara Obligado en su segunda antología, lo son. Hasta un total de doscientos aproximadamente. Un experimento editorial y narrativo que supone y supuso de alguna manera la puesta de largo de un género excesivamente olvidado y denostado, tanto por los autores como por la propia crítica. Sin embargo, el microrrelato, hiperbreve, relato cuántico, cuento corto, minificción…., ha alcanzado la madurez como género literario, es más, se codea por fin de igual a igual con sus hermanos mayores, la poesía, la novela, el aforismo…. Y es por eso por lo que en esta nueva Antología Por favor sea breve 2, podemos encontrar maravillosos cuentos de Luis Mateo Diez, Carlos Vitale, Juan Pedro Aparicio, Max Aub, Raúl Brasca, Juan Perucho, Andrés Neuman, Antonio Pereira, compartiendo espacio con Román Acin, Ángel Olgoso, Juan José Millas, José María Merino, Ángel Zapata, Fernando Iwasaki….Sólo cabe decir al lector: por favor, sean breves al leer los microrrelatos, pero déjense enredar por la magia de sus palabras.
Conozco a Ángel Olgoso desde que en 1998 se alzara con el Premio Caja España de libros de cuentos con Cuentos de otro mundo, un volumen de relatos sorprendente dentro del panorama literario de la época que ya anticipaba que nos encontrábamos ante un autor de raza, diferente, que bebía de Poe, Kafka y Conan Doyle, de los patafísicos franceses y como no, de los geniales Borges y Cortazar. Ya entonces, cuando el relato hiperbreve, minificción o relato cuántico como ahora algunos escritores pretenden rebautizarlo, no estaba de moda (vamos aceptar que hoy en día es una moda que lentamente se ha convertido en género independiente), Ángel Olgoso presentaba lo que podría haber sido el relato mas corto de la literatura universal con permiso de Augusto Monterroso, o la novela mas corta, que tanto monta, monta tanto. Me refiero al cuento Cuando el Obispo de Fano, sifilítico, sodomizo al hijo del papa, que decía: “Eran otros tiempos. ¿Eran otros tiempos?”. Un ejemplo de concisión que aún hoy en día parece difícil de superar. Bien. Pero pasaron los años, y Ángel Olgoso reaparecería (de nuevo literariamente) con el volumen de relatos Los demonios del lugar, con el que habría de ganar el I Premio Internacional de Terror Villa de Maracena. Conviene aquí hacer un inciso y contemplar la literatura española de los últimos años con perspectiva: ésta no se ha caracterizado precisamente por cultivar este genero, el terror, lo eufemísticamente llamado gótico...., y mucho menos desde el relato corto. De ahí el doble interés por un escritor como Ángel Olgoso. No creo que estemos ante un escritor oculto, aunque lo parezca, y sólo el tiempo nos dirá si se habrá de convertir en ello. Los demonios del lugar (Editorial Almuzara) lo componen 49 relatos breves o muy breves para leer y releer, hojear y degustar, unidos por una temática común que raya lo fantástico y que incluso llega a rozar las leyes de la verosimilitud aristotélicas. No podría ser de otra forma, ya que nos resultaría en caso contrario difícil el imaginarnos a unos jugadores de bolos utilizando una calavera, por ejemplo, en el relato Cleveland (pag. 144) a mi juicio uno de los mejores y de los que mejor definen toda su concepción de la literatura. ¿Tiene pues magia en las manos el autor?. Es posible, ya que es difícil encontrar tanto romanticismo y poesía en sus relatos y a la vez a un escritor que se atreva a recordarnos al Allan Poe de El pozo y el péndulo. El descaro de Olgoso resulta casi insultante. Su capacidad y facilidad para jugar con las palabras y los sentimientos, inquietante. Ahora Ángel Olgoso regresa por partida doble y con doble Editorial: con La maquina de languidecer (Editorial Paginas de Espuma) y con Los líquenes del sueño (Tropo Editores). Estamos de enhorabuena. La leyenda continúa. Y nosotros mientras tanto podemos seguir disfrutando del que sin duda es el mejor “cuentista” del panorama literaria español del momento.
Pero sigamos por partes. Los líquenes del sueño, la excusa que hoy me ha traído a escribir sobre Ángel Olgoso, es a su manera…. un libro trampa. Y es un libro trampa porque reúne los relatos de la mitad de tres décadas de trabajo (sin incluir los microrelatos, a mi juicio los mejores trabajados) desde 1980 a 1995. Es un libro trampa porque entiendo que le resulte difícil a un lector neófito infiltrarse en el mundo de Olgoso a partir de Los líquenes del sueño, como lo fue en su día para mi hacerlo con Cuentos de otro mundo, pero….es un libro trampa porque muestra a un Ángel Olgoso en estado puro (Muerte como lomo de pez –Pág. 35) , (Edén Express –Pág. 41 ) , (Las Patas de la víbora – Pág. – 42 ) , aun influenciado por sus referentes literarios ya mencionados.

Queda aun por saber, y posiblemente no sea Los líquenes del sueño el libro mas adecuado para ello, cuando y en que momento Ángel Olgoso decide romper amarras y volar solo. Algún día hablaremos de ello. Con todo, como Antología de relatos para conocer e introducirse en su obra, diría que resulta excesiva y un tanto confusa para un neófito, no para un conocedor del autor. Pero se agradecen este tipo de iniciativas editoriales, estas apuestas, arriesgadas, sin duda, y posiblemente escasamente comerciales, pero de gran valor en si mismas.
Dice Julia Otxoa, otra cuentista, microrrelatista, o como se quiera denominar, que en este umbral del siglo XXI es absolutamente necesario acabar con la estrechez de miras en la percepción de otros géneros que no sean la novela, el ensayo, o el cuento clásico. Se precisa urgente la apertura de la comprensión intelectual a otras formas de escritura breve cuya creación ha dado nombres como Kafka, Max Aub, Borges, Monterroso, etc. etc y cuyo legado literario es indiscutible. Ahí habría que añadir indiscutiblemente a Ángel Olgoso, ya que su talento, fuera de todo lugar, tan sólo nos invita a dudar sobre su capacidad para con el relato largo o la novela, algo que por otra parte no se le echa de menos.

Cine y literatura

¿Dónde comienza la heroína y donde termina la víctima?. ¿Cuándo la actriz se convierte en mito? ¿Cuándo, como dejo pronunciado muy acertadamente Sayuri en Memorias de una geisha, “dejaron de vivir una vida propia”?. Heroínas y víctimas del cine (Editorial Oceano) no es un libro más del Séptimo Arte, ya que se dedica a indagar sobre esa fábrica creadora de mitos, Hollywood, a la vez destructora de los mismos cuando estos ya no les servían a sus intereses. Todos hemos asistido al nacimiento de “una estrella”, de varias, de cientos: Gilda, Thelma y Louise, Escarlata O’Hara…. Interpretadas por las grandes del momento: Rita Hayworth, Susan Sarandon, Vivien Leigh …. Mujeres sexys a las que no les importó sacrificar su vida personal y sexual la mayoría de las veces por un sueño, por un lugar en el estrellato, por convertirse en mito, por ser Heroínas y víctimas del cine. Hay mujeres fatales y lolitas, ambiciosas y malvadas, locas de atar, abnegadas, enamoradas, mágicas aventureras, históricas…. Pero yo siempre me quedaré con las rebeldes. Es muy posible que el arte lleve asociado la tragedia como condición humana. Es muy posible. Pero es cierto que ha sido en el cine donde con más virulencia se ha manifestado. Ha nacido una estrella, si, pero a menudo suele venir de nalgas.
Otra apreciación diferente (de la vida literaria) es la de Jesús Marchamalo. Mi compañera tiene la cariñosa costumbre de referirse a mi afición lectora y / o coleccionista de libros, como que se trata de “una variante cultural del síndrome de Diógenes”. Yo respeto su apreciación, que demonios, pero a la vista y lectura de Donde se guardan los libros (Editorial Siruela), curioso libro de Jesús Marchamalo que no hace sino recopilar las columnas que en su día publicara en ABC Cultural… cuantos padecemos de igual síndrome. En fin. Donde se guardan los libros es un libro curioso, porque hace buena la máxima de Marguerite Yourcenar que la mejor manera de conocer a alguien es ver su biblioteca. Y yo añadiría sin pudor, y comprobar que o cuales libros esta leyendo en ese momento. (Se puede leer mas de uno a la vez, y de dos y de tres….). Decía un poeta amigo, que solía tener la mesilla de noche repleta de libros que no leía, libros que cambiaba cada tres meses. No necesitaba leerlos. En Donde se guardan los libros, navegaremos por las bibliotecas de Savater, Javier Marías, Merino, Trapiello, Landero, Soledad Puertolas, Carmen Posadas…. Y volveremos a reafirmarnos en nuestro síndrome: en esa variante cultural y maravillosa del síndrome de Diógenes que nos hace llenar la casa de libros en lugar de figuritas de los chinos.

martes, 25 de octubre de 2011

“Cine, cine, cine, más cine, por favor….”.


Hoy, va de cine. Blade Runner o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Dos iconos de nuestro tiempo reciente y remoto. La película, de la que ya se han cumplido veinticinco años, y la novelle de Philip K. Dick, verdadero autor de la idea original, al igual que Arthur C. Clarke lo es de 2001 una Odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, por ejemplo, con su relato “El centinela”. Pero hay “algo” que ha conseguido trascender en Blade Runner a la categoría de mito universal, de verdadero icono cinematográfico del siglo XX. Han ayudado, como no, los actores, Harrison Ford en uno de sus mejores y mas memorables interpretaciones, junto a Sean Young y Rutger Hauer. Ha ayudado la atmosfera del film, adaptando los comics manga japoneses, y ha ayudado la sensación de eterno y permanente desasosiego que produce la película. Pero sobretodo, la idea de la reinvención del mito de Frankenstein, la duda razonable sobre si Rick (Harrison) es un replicante), el eterno retorno que todo lo envuelve. Blade Runner no se puede analizar y contar en 200 palabras. Harían falta muchos visionados para entenderla, quizás para comprender los diferentes puntos de vista de los protagonistas. Y solo entonces podríamos decir que es posible que los replicantes sean más humanos que los humanos. Sorprendentes historias sobre famosos, travestidos, drogadictos, fetichistas…, y todos ellos son directores de cine de gran prestigio. Esta es la contraportada de uno de los libros de cine más escandalosos, indecentes y atrevidos que se han escrito en los últimos años.

Vidas secretas de los grandes directores de cine (Editorial Oceano) muestra ese lado oscuro de los mismos, cuando aun eran jóvenes y vulnerables: un Luis Buñuel aficionado al sexo en grupo, a un Charles Chaplin “asaltacunas” obsesionado por las lolitas de dieciséis años, a Frank Capra de quien se desconocía sus veleidades con el fascismo de Mussolini y el franquismo, Spielberg y su síndrome de Asperberg, Kubrick y su complejo de Napoleón………Y es que si el ser humano por definición es un Voyeur (sobremanera cuando va a una sala de cine) que decir de un director de cine cuando se pone detrás de una cámara y suelta aquello de…. ¡Cámara, acción….!.

“Cine, cine, cine, más cine, por favor….”. Cantaba Luis Eduardo Aute en los años ochenta. He de reconocer que nunca sabre si me aficioné al cine gracias a los temas de Aute o a Aute gracias al cine….. Pero lo cierto es que durante los años setenta y ochenta sobremanera acudía una media de tres, cuatro veces por semana a las Salas de mi ciudad. Así pude visionar toda la filmografía de Godard, Pasolini, Fellini, Visconti, Bertolucci, Truffaut, Hitchcock, Houston, Ford, Pekimpack…. Sin embargo, si que es cierto que no pocas veces he soñado, hemos soñado con los finales de las películas. ¿Quién no recuerda a Thelma y Louise volando sobre el Gran cañón del Colorado en busca de la libertad eterna?, o ¿aquella despedida en el aeropuerto de Casablanca de “siempre nos quedará Paris” que con el tiempo hemos terminado por incluirla dentro de nuestro acervo cultural?. ¿A quién no le ha caido cual replicante, una lagrima como a Rutger Hauger en el final de Blader Runner?. Finales de cine. 77 películas para recordar constituye un recorrido evocador y lleno de amor hacia el séptimo arte de dos cinéfilos a través de algunos de los títulos más significativos de la historia del cine…. Pero curiosamente, los ejemplos que yo he puesto, no figuran en el mismo. “Cine, cine, cine, más cine, por favor….”.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Somos iguales, somos diferentes

Hacia 1980, cuando la Editorial Anagrama comenzaba a dar sus primeros pasos y aún Herralde no podía ni imaginar en que se podía convertir la Editorial, un joven autor mexicano, Sergio Pitol, habría de publicar un maravilloso conjunto de relatos agrupados bajo el título de Vals de Mefisto. Era el número 2 de la colección Narrativas Hispánicas y de algún modo el nacimiento de la leyenda de uno de los grandes autores hispanoamericanos del fin del milenio. Después, llegarían, aparte de un buen puñado de novelas y relatos, el Premio Cervantes, y ahora en el ocaso de su vida (¿literaria?) entrega a sus lectores Una autobiografía soterrada. Ensayos, relatos, recuerdos, viajes, todo cabe en apenas 134 paginas. Incluso una conversación con el malogrado Carlos Monsivais, lo que le otorga al volumen cierto tono de testamento literario. De dicha conversación, que a mi modo de ver resulta lo mas jugoso del texto, podríamos extraer lo que para Sergio Pitol sería su canon literario: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Antonio Tabucchi, Ricardo Piglia, flamante Premio de la Critica 2011, los malogrados Juan José Saer y Roberto Bolaño, William Faulkner, Musil, Balzac… ¿Y entre los españoles?. Paradójicamente escasamente menciona a dos autores: Enrique Vila Matas y Cristina Fernández Cubas, dos autores de culto a quienes sigo desde sus comienzos. Sobremanera a Cristina. Lástima que la autora de obras como El columpio o Hermanas de sangre no se prodigue con más asiduidad. Lástima que Sergio Pitol intuya que el final de su carrera (literaria) está cercana. Lástima. Y de Sergio a Trapiello, hasta la llegada del inefable C.V. uno de los autores que más escribían y editaban en España, ya tenemos nueva novela por él llamada “novela en movimiento”. Ya tenemos nueva entrega del Salón de los pasos perdidos, esta vez con el volumen correspondiente al año 2003 (recordemos a los lectores que estamos hablando de los Diarios de Andrés Trapiello) agrupado bajo el titulo de Apenas sensitivo. ¿Qué tiene de nuevo esta diecisieteava entrega?, se preguntaran sus lectores. Es curioso. Eso mismo me preguntaba hace años con la que hacia el número dieciséis, el quince, el catorce…. Y sin embargo el influjo de su diario era poderoso y no podía caer en la tentación de hacerme con él. Pero era más de lo mismo, y a estas alturas ya resulta cansino tanta utilización de consonantes para referirse a supuestos enemigos escritores o poetas. Aunque, por otra parte, es de agradecer que en esta ocasión se haya dejado un buen puñado de páginas por publicar y esta entrega sea bastante más delgada. Apenas sensitivo, Editorial Pre-Textos, como siempre. Somos iguales, somos diferentes. ¿Quién mejor que Robert Crumb para ilustrar las historias de Charles Bukowski?. Se sabe que tan solo se habían visto una sola vez, lo cual puede parecer extraño, pero que sin embargo se profesaban respeto mutuo, algo que dice mucho de ambos genios.
«Para mí —opinó Crumb sobre Bukowski— dice las cosas como hay que decirlas.”
«En la gente que él dibuja —dijo Bukowski sobre Crumb— hay energía y resplandor”.
Es difícil valorar si es mejor el huevo o la gallina, es decir, si son mejores los tres relatos de Tráeme el amor de Bukowski o las ilustraciones de Crumb. Porque a su manera ambos son narradores, ambos son ilustradores, y ambos perciben la realidad de idéntica manera. Eso les hace únicos e irrepetibles. Y es que como dice Charles Bukowski en el relato No funciona el negocio, “Recesión es cuando tu mujer se escapa con alguien. Depresión es cuando alguien te la trae de vuelta”. Tres relatos en los que las más bajas pasiones confluyen con la Gran Depresión y el toque característico de Crumb.

¿Periodistas y poetas?

Ya escribí en una ocasión desde la última página de dos amigos escritores, buenos amigos, buenos escritores. Pero en esta ocasión quiero centrarme tan sólo en uno de ellos, en José María Bernaldez, y en la obra póstuma que dejó tras de si. La niña mala que soy yo (Obra periodística 1977-2008) que consiguió ver la luz a iniciativa de la Asociación de Periodistas Culturales de Andalucía y de la Editorial Metropolisiana, es un compendio de reseñas, artículos de prensa y críticas literarias de quien fue considerado "maestro y referente, en lo personal y profesional, del periodismo cultural en Andalucía”. No estoy de acuerdo con ese carácter erudito con el que se le ha querido dotar a José María Bernaldez. Al menos con las connotaciones bastardas que muchos intelectuales pretenden darle ha dicho adjetivo. Bernaldez era un tipo afable, humano y afectuoso, cuando escribía y cuando se tomaba una cerveza, lo que le acercaba más a la critica periodística que a la crítica académica. Tuve la ocasión de compartir con él mesa y mantel en varias ocasiones, nos unían bastantes mas cosas que la literatura, y eso creo que supo agradecerlo (Una hija adolescente, por ejemplo…..). Tuve la ocasión de poder hablar de libros, de London, Atxaga, Vila-Matas y Cristina Fernández Cubas, pero también del esperpento de “la muerte de la novela”, tan en boga en aquellos tiempos. Coincido con Eva Díez cuando dice que fue el maestro de toda una generación, y que los periodistas culturales, están un poco huérfanos desde su fallecimiento. Pero siempre nos quedara su obra y su sonrisa socarrona, y este, su último libro de artículos periodísticos, posiblemente el único género literario que nunca te fallara.
¿Conocen ustedes a Sabina?. ¿A Joaquín Sabina, cantante, poeta, trovador, músico, showman….? Es posible que muchos de cuantos hoy en día se declaran devotos seguidores de Don Joaquín Sabina, de su música y sus letras, nunca hayan oído hablar de La Mandrágora. ¿Qué es eso? se preguntarán estupefactos. Es posible que cuando les cuentas que Don Joaquín comenzó contando en un Pub madrileño de ese nombre por cuatro perras junto a Javier Krahe y Alberto Pérez, y que encima llegaron a grabar un disco (dicen las malas lenguas que el trovadore reniega del mismo, aunque eso seguro que debe ser envidia) saldrán a buscarlo como alma que les lleva el diablo, o a descargárselo de Internet, si es que se lo permite la ministra de cultura y sus acólitos. Pongamos que hablo de Joaquín (Ediciones B) es uno de esos libros de memorias escritos por un tercero, imprescindibles para no olvidar lo que fuimos, lo que somos y posiblemente lo que seremos en un futuro no muy lejano. Se subtitula una mirada personal sobre Joaquín Sabina. Discrepo. Es una mirada personal solo de sus amigos, faltarían los comentarios que los hay, de quienes los sufrieron en carne propia, no como enemigos, pero si de quienes admirándolo, descubrieron un buen día que era demasiado humano para tratarlo como poeta. Con todo, yo me quedo con sus canciones, nunca con Sabina. Prefiero los buenos periodistas a la capilla que conforman los poetas. Esta ya me la conozco, y ya la he sufrido en carne propia. Y no se la recomiendo a nadie. A nadie.

jueves, 28 de julio de 2011

La génesis de la novela

La génesis de una novela, de un poema o de un relato corto, en definitiva de cualquier historia que nos propongamos contar en un momento determinado, suele venir precedida de un proceso de sedimentación paliativa, que es como a mí me gusta referirme cuando hablamos de las musas, de la inspiración o del innato talento que se le presupone a cualquier creador. Algo hay de incuestionable en esa consideración, si nos detenemos a analizar cuanto se escribe actualmente. Y algo debe de haber de cierto, porque o bien de una premisa, las musas, o bien de la combinación de dos de ellas, la inspiración y el talento, o del agresivo cóctel que se define de las tres una vez cuidadosamente combinadas, se define el resultado final de toda obra creativa, un resultado que no siempre viene acompañado del éxito o del reconocimiento, y que las más de las veces se enmarca dentro de lo efímero que de por sí tiene toda actividad neurológica. Podríamos incentivar, a partir de esta última consideración, que todo acto creativo tiene un “algo” de autodestructivo, y un mucho de equilibrio entrópico. Recientemente, hemos tenido la ocasión, la suerte o la fortuna de contemplar una de las más curiosas iniciativas artísticas que se hallan podido realizar. Me estoy refiriendo a la “metaexposición” Diáspora, una curiosa iniciativa que ha plagado de “movimientos escultóricos” la ciudad de Oviedo, que ha sido vilipendiada hasta la saciedad, y que finalmente terminó en el más absoluto ostracismo merced a que los objetivos propuestos inicialmente no iban parejos con la calidad de las obras o de los” “espectáculos” ofrecidos. La génesis en esta ocasión no partió del creador, sino de la chequera de unos señores empeñados en demostrar que progresía no está reñido con conservadurismo político. (¡Que ironía!). Uno puede escuchar historias todos los días, en el trabajo, en el metro o en el autobús, que por más que se lo proponga, a no ser que esa sutileza o ese dilema que se le presenta o en el que cree reconocerse salte oportunamente hasta la pantalla de su ordenador en forma de poema o relato, o hasta el lienzo en forma de bodegón o retrato, siempre se verá imposibilitado para acelerar un proceso a menudo ajeno pero siempre entrañable. Y me viene este razonamiento, porque he tenido ocasión de escuchar recientemente a Antonio Muñoz Molina a raíz de la publicación de su última novela, Carlota Fainberg. Decía Muñoz Molina, siempre tan discreto, siempre tan huidizo, siempre tan poco locuaz, que “toda historia no es sino una suma de otras muchas his-torias, de las que no se sabe ni donde acaban ni donde comienzan”. Y de esa forma tan sutil, tan enigmática y tan agradecida, se dedica a desentrañarnos a nosotros, los oyentes, las peculiaridades de la génesis de una novela corta, cuyo embrión básicamente tiene su comienzo cuando hace unos cinco años, recibe el encargo de escribir una narración relacionada con La Isla del tesoro. Descubre entonces con asombro un tesoro con las anotaciones escritas ¿dieciséis años atrás?, sobre una amiga llamada Mónica Fainberg, por entonces jefa de prensa de Planeta y Seix Barral, quien se había empeñado en hacer suya la causa de sacar adelante la que con el tiempo sería su primer éxito de ventas y de público: El invierno en Lisboa, y decide que ha llegado el momento de dar cuerpo a una historia que le ronda la cabeza hace tanto tiempo que hasta es posible que olvidara que incluso se afeita-ba cada dos días. Así nació Carlota Fainberg, como sincero homenaje a Mónica Faimberg. Y es que ¡cuántos quisiéramos tener una Faimberg en nuestras vidas!. Después de haber leído con esmero y hasta con pasión adolescente la última novela de Muñoz Molina un autor recurrente al que se espera con impaciencia, deduzco el porqué contaba en la radio lo fácil que era el volver a encontrarse con sus temores mancebos, con sus historias misteriosas a medio camino entre el sueño y el juego, y como no, con las que sin duda deben de ser sus lecturas más queridas. Aquellas que nacen de la devoción de amar y sentir la literatura como pocos saben hacerlo. Porque el respeto a la letra es-crita pasa inevitablemente por asumir como propias las creaciones de todos aquellos que nos han precedido. (Y me niego en esta ocasión a citar nombre alguno, so pena de cometer una de las mayores injusticias, que sería la del inconsciente olvido de algunos autores). Dice Muñoz Molina, que “Borges ha tenido una influencia decisiva, formativa”... y “que con él la escritura dejó de ser ino-cente, natural, porque había que atacar a la Dictadura”, es decir, con él, la escritura comenzó a tener una nueva dimensión, y a vagar eternamente hasta hoy en día, por los vericuetos caminos del compromiso social y político. La génesis de una obra, nunca debemos de buscarla más allá de nuestra presencia más querida. (Un poema está impreso en la sonrisa de unos labios, en la dramática fotografía de un niño africano atacado por la hambruna más capitalista de cuantas hallamos podido captar, o en el desasosiego que produce el levantarse por la mañana y contemplar amargamente que el mundo no ha dejado de girar). Y una vez más, Antonio Muñoz Molina haciendo bueno aquel Aristotélico Principio que estudiáramos en la Universidad, nos demuestra como si de una axioma se tratara que también él la encontró esperándole pacientemente a la vuelta de la esquina en una vieja libreta de anillas en donde la llevaba esbozando casi diez años.

miércoles, 20 de julio de 2011

Mutismo absoluto

Hay autores que pasan por la vida (literaria, se entiende) sin apenas meter ruido, sin levantar ni una sola polvareda, sin ser objeto de mas recriminaciones o escándalos que los propios que generan las envidias mas ruines y mezquinas. Generalmente suelen ser escritores, como algún laborioso crítico literario suele decir, que nunca habrán de jugar en Primera División, entre otras razones porque aún sobrándoles capacidad de trabajo y ambición, les falta talento (dicen), cualidad que en boca de tan sesudos censores suele ser sinónimo de fracaso. Son creadores ocultos, que acostumbran a guardar una timidez nada casual, y que en muchos casos alientan con su silencio el mito de Bartlebly. Me viene a la memoria ahora Juan Rulfo, de quien muchos nada sabíamos hasta la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y más en concreto hasta aquella demostración de amistad que le dedicara Gabriel García Márquez acompañándole en su entrega, para quien su simple memoria justificaba sus Cien años de soledad. Ahora, se reeditan las novelas completas de otro mito de la literatura:
Magroll el viajero, la secuencia histórica que ideara en este caso otro colombiano menos ilustre que el anterior pero como Rulfo también Premio Príncipe de Asturias de las Letras, amigo de Gabo y como buen amigo del Nóbel que es, referente de su obra. Y ha vuelto a suceder. Gabriel García Márquez, Gabo para aquellos que tienen la fortuna de conocerle, ha vuelto a darnos una auténtica clase literaria, una muestra de su mejor quehacer desde las páginas de un conocido diario nacional. Y todo, para contarnos las diferentes anécdotas que rodearon la génesis y posterior publicación de Cien años de soledad. Es Gabriel hombre parco en palabras aunque no en letra impresa, no en vano en su legado habrá de dejarnos algunas de las páginas más brillantes y de las más lúcidas anécdotas de la historia de la literatura. Y todas, rodeadas del necesario misterio que se le exige a un escritor de la talla moral y humana de Gabo. Y al igual que cuando viniera de incógnito sucesivamente por la vetusta ciudad de Oviedo con ocasión de las entregas del Premio Príncipe de Asturias de las letras a sus amigos Álvaro Mutis y Juan Rulfo, con el único fin de acompañar a quienes consideraba un poco como sus maestros y mentores, ahora que le hacen entrega del Cervantes al primero de ellos, rinde homenaje merecido a quien considera un poco como su albacea literario. Por entonces, cuando el Príncipe de Asturias, pocos conocían (entre los que me incluyo) la obra del autor del Magroll el viajero, pero mucho éramos los seguidores de la estela del Nóbel colombiano. García Márquez, que no era ajeno a tanta expectación pero que tampoco pretendía robarle mérito a su amigo, estuvo recluido en las habitaciones del hotel hasta la llegada de la hora de la entrega de los Premios. Sólo así algunos pacientes lectores conseguimos que estampase su firma en uno de sus libros. Y al igual que sucediera con Rulfo pocos conocíamos la impostura de Magroll, o de Mutis, o de Márquez. Fue allí cuando comenzó a fraguarse la leyenda de la sugerencia que un buen día, años antes de que Cien años de soledad viera la luz, le hiciera Álvaro Mutis a su buen amigo García Márquez: que se leyera el Pedro Páramo de un tal Juan Rulfo, y que después escribiera. La historia, tan caprichosa como injusta, habría de tergiversar aquel hecho dotándole de una impronta de candidez que poco o nada aportaría a un suceso cargado de romanticismo. Cuesta imaginar a Gabo recomendándole a Álvaro Mutis la lectura de la maravillosa novela de Juan Rulfo, y no porque atente contra la regla de la verosimilitud, sino porque en nuestro fuero interno ya habíamos trazado la línea divisoria que uniría indefectiblemente a los tres escritores, y lo más importante, nos creíamos la historia. Aprender a leer es aprender a escribir, y viceversa. Esa lección la aprendió primero Álvaro Mutis para después trasmitírsela a su amigo Gabo. Por eso de alguna forma, Magroll, como el coronel Buendía, están unidos inexorablemente en el éxito y en el fracaso, y por eso quienes reímos, sufrimos y lloramos con la buena literatura no podemos sino sentirnos herederos de la obra del Premio Cervantes como en su día lo fuimos del Nóbel.