domingo, 31 de enero de 2010

Las historias secretas que Hopper pintó

Un lector, que a su vez tenga como segunda (o primera) afición la pintura, puede llegar a Edward Hopper de muy diversas maneras: a través de las portadas de un libro, de las declaraciones de Román Polansky quien llegó a afirmar que su conocido lienzo “Aves nocturnas” habría podido invertarlo –pintarlo- un cineasta, e incluso a través de esa simpática serie de dibujos que todas las tardes se asoma y nos sonroja en nuestros televisores, Los Simpson, quienes tuvieron la desfachatez y el descaro de reproducir algunas de sus imágenes en algunas de sus capítulos. Lo que no sabíamos (al menos yo lo desconocía) es que también el genial Alfred Hitchcock quedó fascinado por su mundo pictórico, inspirándose en el óleo Casa junto al ferrocarril para su celebre Psicosis, o que John Updike llegó a escribir un poema al quedar literalmente prendado por la tela Habitación de hotel, en donde una mujer joven en ropa interior lee una carta sentada sobre una cama de un hotel, mientras observa como reposan sus maletas. Ahora, Icaria Editorial publica Las historias secretas que Hopper pintó, en donde Erika Bornay traza a partir de sus lienzos aquellas imágenes posibles, reales o imaginarias, pero siempre mostrándonos la cara oculta de una obra de arte que siempre está presente: esperando que alguien la interprete

domingo, 10 de enero de 2010

Iguales pero distintos

¿Se han fijado en la extraña coincidencia de las portadas de las libros?. Quiero decir. Últimamente, quiero pensar que por pura casualidad ya que de lo contrario tendríamos que estar hablando de la escasez de ideas de los diseñadores de las mismas, confluyen en las librerías diferentes textos con idénticas tapas, lo que a menudo da origen a confusiones, o cuando menos a comentarios curiosos por parte de cuantos seguimos el mercado Editorial como si de una Etapa Reina de la Vuelta Ciclista se tratase. Y para que nadie se llame a engaños, voy a citarles tan sólo algunos casos, en la seguridad de que son muchos más: nos encontramos así con el ensayo El universo, los dioses, los hombres, de Jean-Pierre Vernat (Anagrama) cuya portada, detalle de crátera ática del año 570 a.C. lo podemos ver además de en el Museo Arqueológico de Florencia, en la novela La caverna de las ideas, (Alfaguara) de José Carlos Somoza. También podemos deleitarnos con el Retrato de Poseuse de George Pierre Seurat tanto en los Cuentos Completos de Catherine Mansfield editados por Alba como en la novela corta de Antonio Muñoz Molina En busca de Blanca, editada por El Círculo de Lectores, o con el retrato de I.S. Turguévev de V.S. Pérov (1872) en Diario de un hombre superfluo (KRK) y Páginas autobiográficas (ALBA) ambos del propio Turguenev. Pues bien. Lejos de ser una curiosidad resulta cada vez con más frecuencia una constante dentro del gremio editorial, como si se intentase con ello cubrir una carencia determinada, o contrarrestar un éxito puntual. Pero, ¿acaso Muñoz Molina necesita ampararse en estrategias de mercado para vender más libros?. ¿Se imaginan ustedes a Manuel Vicent compitiendo con otros autores (ahora que recuerdo también sus Máscaras de Aguilar se vio reproducido en El barón y las bestias del infierno de Juan Perucho en la Editorial Xordica) por un pedazo de la tarta de ventas?.
Cuando era mas joven, y acudía con regularidad al cine, recuerdo que cuando terminaba la película siempre me quedaba hasta el final aguantando el tipo, es decir, hasta que pasaban todos los títulos de crédito. Esa costumbre, por desgracia desaparecida hoy en día merced a la mala educación de los espectadores que no contentos con mostrarla en público se dedican a inculcarlas a sus hijos, junto a las temidas palomitas de maíz, esa costumbre decía, consiguió que con el tiempo conociéramos a los diferentes responsables de fotografía de los filmes, a sus jefes de vestuario y hasta a quien traducía a un determinado autor. ¿Quien no recuerda la traducción de los Cuentos de Allan Poe por Julio Cortazar, o la de la trilogía de Italo Calvino que bajo el genérico título de Nuestros antepasados, conformada por El barón rampante, El vizconde demediado y El caballero inexistente, habría de consagrar la labor de Esther Benítez?. Sirve todo esto de ejemplo, porque por desgracia sólo recientemente se había comenzado a valorar las carátulas de las portadas de los libros, pero supongo que muy pocos lectores estamos en disposición de citar al responsable del diseño gráfico de alguna Editorial, salvedad expresa por supuesto, de Enric Satué, a quien nunca podremos agradecerle lo suficiente la sobriedad de aquellos volúmenes de antaño de Alfaguara. Todos iguales, pero todos diferentes.
Es por eso que me llama la atención el que ahora, justo cuando la profesión de diseñador comienza a ser respetada, las Editoriales muestren sus debilidades tan a las claras y sin ningún pudor exhiban en los escaparates de las librerías y en igualdad de condiciones los títulos de su catálogo, como denostando e infravalorando una de las razones fundamentales que intervienen a la hora de la compra de un libro: la portada. Porque existen libros, no nos llamemos a engaños, que se adquieren única y exclusivamente por la atracción que sobre nosotros ejerce su portada. Pero, cuando esta se repite con insistencia, y a veces coincidiendo con un autor que nunca habríamos de comprar, dicha atracción, cual inexhuberante manifestación telúrica, pierde su virtud enterrada entre bastidores y se dispone a dormir el sueño de los justos, o el del olvido.
No desdeñemos un libro por el talante de su cabecera, no sería justo. Pero dotémosle de la personalidad y del rigor estilístico necesario para que, como en aquellos filmes de antaño, sepamos reconocerle con el tiempo merced a la huella dactilar que dejó en nuestro interior.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

UNa tarde de cine

Recuerdo que cuando era niño, mi padre me llevaba a aquellas sesiones matinales de "cine mudo" de los Domingos a la mañana. El cine "Santa Cruz", así se llamaba, era uno de esos locales viejos con olor añejo, que te hacían sentir especial cuando te sentabas en sus butacas, sobretodo cuando te dedicabas a escarbar en los agujeros que lentamente iba taladrando la polilla. Allí no había palomitas de maíz, ni coca colas, y siempre teníamos a nuestra vera la linterna amiga del acomodador que con su gorra de plato nos alumbraba el camino por el pasillo. Así que, mientras mis amigos del barrio se iban a la iglesia, yo me iba al cine. Creo que es esa y no otra, la razón de mi posterior agnosticismo, y de mi creciente afición por el "Séptimo Arte". Con todo, fue la mía una infancia feliz, imbuida de las películas en blanco y negro de "Charlot" (entonces le conocíamos por ese nombre), y de las acrobacias de Harold Lloyd. Mención aparte merecen los inefables que tantos y buenos momentos me hicieron pasar, Stan Laurel y Oliver Hardy, "El Gordo y el Flaco", el maravilloso Buster Keaton, o "Los hermanos Marx", hoy desgraciadamente semiolvidados tanto por la crítica como por el público. Y digo "semiolvidados", porque aunque a veces algún canal de televisión se acuerda de ellos, por ejemplo de "Un día en las carreras", o de "El maquinista de la general", suele estar ese recuerdo tan desprovisto del cariño de antaño que dichos pases acostumbran a pasar desapercibidos. En fin.

domingo, 15 de noviembre de 2009

DOS HOMBRES, DOS NOMBRES

Johann Wolfgang Goethe trazó una «W» sobre la manta que lo arropaba poco antes de morir y casi cien años después, Orson Welles pronunció unas enigmáticas sílabas en su lecho de muerte, las de un nombre que a su vez había sido utilizado por el propio director de niño para bautizar el trineo de su infancia. ¿Coincidencia de dos genios o grotesco destino? ¿Conocía Welles los avatares que rodearon la muerte de Goethe?. Es posible que sí, que el magistral director fuera conocedor tanto de la vida como de la muerte del genial poeta y dramaturgo, así como de las eventualidades que rodearon su imagen. No en vano, el carácter monolítico, estático y solemne del «padre» de Werther, a decir de Ortega y Gasset, podría perfectamente firmarlo la personalidad del «padre» del cine moderno. Ambos descubren en sus obras a personajes brillantes y vitalistas, marcados por su nacimiento y por la instrucción que habrían de recibir en su juventud. Ambos sabían y eran conscientes de ser unos genios y como tales se aceptaban. Cada uno en su disciplina, provocaron la perenne fascinación de ser excepcionales en todos los sentidos, ya que para un genio las cosas suceden de una forma fluida y suele dar por sentado su inmortal condición desde su propia naturalidad. Fueron surgiendo de esa manera obras como Penas del joven Werther, conjunto de escritos que a pesar de no haber sido configurados en un principio por Goethe como un todo integral indivisible, en 1774 aparecieron como novela, y Ciudadano Kane, paradigma del cine contemporáneo, tanto por la temática que desarrolla como por la ejecución de sus planos en donde Orson Welles desborda maestría y oficio como pocas veces se había visto hasta entonces. La obra de Goethe, que vería prohibida su difusión en España por ser considerada «análoga a otras recogidas y condenadas por el Santo Tribunal de la Inquisición», debe su éxito a haber sabido conjugar como pocas la sensibilidad y el talante de una época marcada por el desarrollo de la Ilustración. Si al Cándido de Voltaire se le considera el símbolo filosófico-literario de una actitud ante la vida, Penas del joven Werther pasa por ser justo lo contrario, en definitiva «las sombras de la pasión» frente a «las luces de la razón», o por decirlo de otra forma, la lógica francesa frente a la candidez germana. En cierto modo, el filme Ciudadano Kane está impregnado de idéntico romanticismo, algo que se ve desbordado en dos momentos de la película, dos instantes que coinciden con el momento clave en el que Orson Welles pronuncia la palabra sobre la que tanto se ha escrito. Mejor dicho, Welles la pronuncia en uno sólo de ellos, ya que en otro, lo que se visiona es un viejo trineo con dicha palabra grabada en su lateral consumiéndose por el fuego. ¿Qué mensaje quiso trasmitir el genial director? Es posible que nunca lo sepamos, de igual forma que desconocemos el verdadero motivo por el que Goethe a la edad de 26 años decide partir para Weimar, la pequeña ciudad en la que habría de residir el resto de sus días como cortesano, hombre de estado y poeta, que es como realmente nos interesa conocerlo. No es Ciudadano Kane una película fácil de ver aún a riesgo de parecer lo contrario, como tampoco Penas del joven Werther parece a simple vista una obra de cómoda lectura. Si cabe, ambas fueron concebidas en su juventud por dos espíritus indestructibles que vieron pasar la vida como una exhalación a su lado. Sólo cuando Goethe, después de trazar con sus dedos una «W» sobre la manta que le cubría, posiblemente la inicial de su particular Prometeo, o la de la indestructible Weimar, muere en una mañana del 22 de marzo, y cuando Orson Welles escupe con olor mancillado la palabra Rosebud sobre el objetivo de la cámara, uno tiene la sensación de ser partícipe inconsciente de un secreto que va más allá del inicialmente creado por sus ascendientes

sábado, 7 de noviembre de 2009

Bartlebly el enigmático

"Todos somos Bartlebly" parece querer decirnos Enrique Vila-Matas en su espléndida obra Bartlebly y compañía que editada por Anagrama, confirma lo que ya casi todos sabíamos: que aún es posible escribir y editar literatura de alta calidad al margen de modas y grupos. Y "todos somos Bartlebly", porque cuantos sufrimos en nuestras carnes desde nuestra infancia el gusanillo de la escritura, vamos descubriendo con el tiempo que no estamos tan solos como pensábamos, y lo más importante, que no éramos unos bichos raras. Y al igual que Bartlebly, el fascinante personaje que creara Melville, o Adrián, el enigmático protagonista invisible de la última novela de José María Merino, en la que algunos críticos han querido ver la esencia misma de la meta-literatura, como contrapunto a la meta-poesía, o a la meta-pintura, o a la..., recorremos nuestra particular travesía por el desierto en soledad, pero en la oscura compañía de aquellos que nos precedieron en este singular oficio. La historia de la literatura ha dejado para la posteridad infinidad de "bartleblis más o menos anónimos", como Vila-Matas gusta contarnos. No vamos a extendernos ahora en ellos, que para este viaje no necesitamos alforjas, y sería manido el ponernos ahora a glosar las excelencias de Rulfo, Salinger o Tom Wolfe inclusive. Pero sí que es cierto que hay quienes ven en semejantes silencios una más que preocupante corriente en la que se ven envueltos desde los tradicionales "negros literarios" (no se asusten, todos sabemos que existen) hasta los más indolentes editores, pasando, por supuesto, por la orla del autor y su obra, para quien tanta disquisición y penuria intelectual las más de las veces le trae al fresco. No nos engañemos: al igual que hay autores que escriben tanto con la mano derecha como con la izquierda, según el editor y el lector a quienes vaya dirigido su libro, también los hay que optan en un momento de sus vidas por el silencio como privilegio narrativo. Y Vila-Matas ha sabido verlo en toda su dimensión, que no es otra que la de quien en algún momento de su vida se ha sentido un "bartlebly" . Así, semejante gracia abandona el terreno de lo propio y pasa con todos los derechos a engrosar la larga lista de los epítetos. Y mostrando lo mejor de sí mismo, que no siempre se encuentra en lo escrito, sino que ha menudo está en lo no-escrito, se convierte en una forma de ver y de entender la literatura, alejada de corrientes y tendencias, y lo que resulta más juicioso, de las desafortunadas críticas de aquellos / as, que siendo incapaces las más de las veces de escribir nada creativo, dedican su pluma a la ingente labor de desprestigiar la ajena, que casi siempre resulta más atractiva que la suya propia. Por eso, "todos somos Bartlebly", y como tal deberíamos de comportarnos más a menudo. Y si esto nos resulta especialmente doloroso, cuando menos reposemos el tiempo suficiente para leer Bartlebly y compañía, y por qué no, a continuación Bartlebly el escribiente, relato que descubriera con apenas veinte años, y que me deslumbrara, me imagino, casi tanto como debió de hacerlo a Enrique Vila-Matas.

martes, 27 de octubre de 2009

Ha vuelto a suceder

Ha vuelto a suceder. Una vez más le han concedido el nacional de Literatura a una novela escrita en euskera y no traducida al castellano. Ha vuelto a suceder. Y uno, desde su humildad de observador y a la vista de las otras candidatas se pregunta: ¿cuántos de los miembros del jurado saben euskera?. Ha vuelto a suceder. Uno desde su inocencia, se cuestiona ¿tanto es el poder que tienen los lobbys en este país que un año le otorgan el Premio a un autor “del cine” sólo para contentar a la ministra del ramo, y ahora a un autor vasco por una obra escrita en su lengua vernácula?. Ha vuelto a suceder, y créanme, a uno se le queda una cara de gilipollas igual que las que le debieron quedar a ustedes, los lectores. Pero parece que este no es un hecho exclusivo del nacional de Literatura, ni mucho menos. No hace muchos días, con motivo de la concesión de los Premios de la Critica de Asturias, “alguien” filtró la rabieta de uno de los finalista por no haber ganado dicho Premio con anterioridad. Parece ser que su pataleta tuvo éxito, y su novela se alzo con la estatuilla de Jaime Herrero. ¿Era la mejor de las presentadas?. Posiblemente no, pero nunca lo sabremos por ser este un juicio subjetivo. Pero una vez más, ha vuelto a suceder. Que lástima para la literatura. Por cierto, ¿saben ustedes quien mató a Laura Palmer?

sábado, 24 de octubre de 2009

La divisa en la torre


Antonio Pereira
La divisa en la torre
Alianza – 2007 – 252 páginas

Un referente del relato breve


Villafranca del Bierzo significa para Antonio Pereira, poeta , autor de relatos y sobretodo “contador de historias”, (fallecido recientemente), algo así como Lisboa para Pessoa, Comala para Rulfo o Celama para su paisano Luís Mateo Díez. Villafranca del Bierzo es ese territorio mágico en el que el genial escritor leonés reúne y da forma a todos sus personajes, todas sus vivencias, todos sus sueños literarios. Dice Antonio Pereira, leonés o berciano, como a él le gusta ser considerado, que “escribir un cuento es tener una buena historia contada con brevedad, intensidad y trascendencia”, algo que le ha convertido en uno de esos referentes literarios de primer orden y en un maestro del relato breve o hiperbreve en una comarca que vio nacer autores como el mencionado Luís Mateo Diez, José María Merino o Juan Pedro Aparicio, escritores que posteriormente cultivarían con mayor o meno éxito dicho género. (Conviene hacer un inciso y recordar que no ha sido nuestro país precisamente cuna de grandes autores de dicha variedad literaria, a diferencia del Cono Sur Americano. Si acaso, y salvando las distancias en cuanto a extensión y contenido, Ignacio Aldecoa, como no). Pero si posiblemente el tener más edad le ha impedido a Antonio Pereira formar parte de dicha generación, acercándole más a esa otra de escritores respetables y respetados (Francisco Ayala, José Luís Sampedro), que ya entrados en edad provecta gozan de las mieles de la critica, ha sido dicha condición unida a su militancia berciana la que le ha hecho ser inductor intelectual del llamado filandón, uno de esos términos con los que hoy en día se refieren al microrrelato. Su último libro publicado, que es la excusa que nos ha traído hasta aquí, La divisa en la torre, está formado por aproximadamente unos sesenta relatos breves, algunos de no más de una página, y se puede decir aún a riesgo de pecar de inexactitud que se tratan de sus cuentos más autobiográficos. En ellos, Antonio Pereira rinde homenaje a sus seres más queridos, poetas muchos de ellos: Gil de Biedma, Carlos Barral, Álvaro Cunqueiro, y su gran amigo Antonio Gamoneda. “Estoy convencido que se hablará mucho del poeta” dice en Los cuadros del psiquiatra, como anticipando todo cuanto le habría de venir al poeta astur-leones, Premio Cervantes 2006. Es probable también que algunos relatos levanten cierto resquemor. Ya veremos. Lo cierto es que en La expectativa se dibujan pinceladas literarias que repasan la historia de la transición, la que fue y la que pudo ser, la que nos contaron nuestros mayores, por supuesto, fabulada por su afilada pluma, mientras que otros cuentos, los mas divertidos, nos recuerdan haciéndole un curioso guiño al destino que las tertulias literarias no son patrimonio de Café alguno, o nos relatan alguno de sus múltiples viajes con motivo de sus innumerables intervenciones literarias.



La divisa en la torre no es una antología de cuentos, pero tampoco es una novela, sino que todos sus relatos forman una unidad continuación de sus Cuentos de la Cabila. Son vivencias del autor narradas de una forma desenfadada, como su encuentro con Basilio Baltasar en La Casona de Verines, o con Don Camilo José Cela en el Parador de su pueblo, contadas, digo, desde el humor y el amor por la buena literatura: la que suele trasmitirse oralmente de padres a hijos al calor de la lumbre. (Así precisamente nacieron los filandones). Podría decirse que a diferencia de Los cuentos de la Cabila en donde el autor se volcaba en la infancia y la adolescencia, ahora el narrador es un hombre hecho y derecho, consciente de su edad y de su legado literario. Por eso La divisa en la torre (el propio titulo resulta enigmático y significativo donde se nos anticipa lo que vamos a leer) supone a su modo su testamento literario. Dice el propio Pereira cuando se refiere al género del cuento, que él no lo elige, que es el relato el que elige el autor. Toda una declaración de intenciones. Es de agradecer esta edición de La divisa en la torre, pero sería bueno para la literatura, que se recuperase y divulgase el resto de su obra. El dulce momento que vive el relato breve hace merecedor a Antonio Pereira de una segunda oportunidad dada la escasa difusión de su obra. Al fin y al cabo como él mismo ha reconocido, aún le queda mucho por contar.