jueves, 15 de septiembre de 2011

Somos iguales, somos diferentes

Hacia 1980, cuando la Editorial Anagrama comenzaba a dar sus primeros pasos y aún Herralde no podía ni imaginar en que se podía convertir la Editorial, un joven autor mexicano, Sergio Pitol, habría de publicar un maravilloso conjunto de relatos agrupados bajo el título de Vals de Mefisto. Era el número 2 de la colección Narrativas Hispánicas y de algún modo el nacimiento de la leyenda de uno de los grandes autores hispanoamericanos del fin del milenio. Después, llegarían, aparte de un buen puñado de novelas y relatos, el Premio Cervantes, y ahora en el ocaso de su vida (¿literaria?) entrega a sus lectores Una autobiografía soterrada. Ensayos, relatos, recuerdos, viajes, todo cabe en apenas 134 paginas. Incluso una conversación con el malogrado Carlos Monsivais, lo que le otorga al volumen cierto tono de testamento literario. De dicha conversación, que a mi modo de ver resulta lo mas jugoso del texto, podríamos extraer lo que para Sergio Pitol sería su canon literario: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Antonio Tabucchi, Ricardo Piglia, flamante Premio de la Critica 2011, los malogrados Juan José Saer y Roberto Bolaño, William Faulkner, Musil, Balzac… ¿Y entre los españoles?. Paradójicamente escasamente menciona a dos autores: Enrique Vila Matas y Cristina Fernández Cubas, dos autores de culto a quienes sigo desde sus comienzos. Sobremanera a Cristina. Lástima que la autora de obras como El columpio o Hermanas de sangre no se prodigue con más asiduidad. Lástima que Sergio Pitol intuya que el final de su carrera (literaria) está cercana. Lástima. Y de Sergio a Trapiello, hasta la llegada del inefable C.V. uno de los autores que más escribían y editaban en España, ya tenemos nueva novela por él llamada “novela en movimiento”. Ya tenemos nueva entrega del Salón de los pasos perdidos, esta vez con el volumen correspondiente al año 2003 (recordemos a los lectores que estamos hablando de los Diarios de Andrés Trapiello) agrupado bajo el titulo de Apenas sensitivo. ¿Qué tiene de nuevo esta diecisieteava entrega?, se preguntaran sus lectores. Es curioso. Eso mismo me preguntaba hace años con la que hacia el número dieciséis, el quince, el catorce…. Y sin embargo el influjo de su diario era poderoso y no podía caer en la tentación de hacerme con él. Pero era más de lo mismo, y a estas alturas ya resulta cansino tanta utilización de consonantes para referirse a supuestos enemigos escritores o poetas. Aunque, por otra parte, es de agradecer que en esta ocasión se haya dejado un buen puñado de páginas por publicar y esta entrega sea bastante más delgada. Apenas sensitivo, Editorial Pre-Textos, como siempre. Somos iguales, somos diferentes. ¿Quién mejor que Robert Crumb para ilustrar las historias de Charles Bukowski?. Se sabe que tan solo se habían visto una sola vez, lo cual puede parecer extraño, pero que sin embargo se profesaban respeto mutuo, algo que dice mucho de ambos genios.
«Para mí —opinó Crumb sobre Bukowski— dice las cosas como hay que decirlas.”
«En la gente que él dibuja —dijo Bukowski sobre Crumb— hay energía y resplandor”.
Es difícil valorar si es mejor el huevo o la gallina, es decir, si son mejores los tres relatos de Tráeme el amor de Bukowski o las ilustraciones de Crumb. Porque a su manera ambos son narradores, ambos son ilustradores, y ambos perciben la realidad de idéntica manera. Eso les hace únicos e irrepetibles. Y es que como dice Charles Bukowski en el relato No funciona el negocio, “Recesión es cuando tu mujer se escapa con alguien. Depresión es cuando alguien te la trae de vuelta”. Tres relatos en los que las más bajas pasiones confluyen con la Gran Depresión y el toque característico de Crumb.

¿Periodistas y poetas?

Ya escribí en una ocasión desde la última página de dos amigos escritores, buenos amigos, buenos escritores. Pero en esta ocasión quiero centrarme tan sólo en uno de ellos, en José María Bernaldez, y en la obra póstuma que dejó tras de si. La niña mala que soy yo (Obra periodística 1977-2008) que consiguió ver la luz a iniciativa de la Asociación de Periodistas Culturales de Andalucía y de la Editorial Metropolisiana, es un compendio de reseñas, artículos de prensa y críticas literarias de quien fue considerado "maestro y referente, en lo personal y profesional, del periodismo cultural en Andalucía”. No estoy de acuerdo con ese carácter erudito con el que se le ha querido dotar a José María Bernaldez. Al menos con las connotaciones bastardas que muchos intelectuales pretenden darle ha dicho adjetivo. Bernaldez era un tipo afable, humano y afectuoso, cuando escribía y cuando se tomaba una cerveza, lo que le acercaba más a la critica periodística que a la crítica académica. Tuve la ocasión de compartir con él mesa y mantel en varias ocasiones, nos unían bastantes mas cosas que la literatura, y eso creo que supo agradecerlo (Una hija adolescente, por ejemplo…..). Tuve la ocasión de poder hablar de libros, de London, Atxaga, Vila-Matas y Cristina Fernández Cubas, pero también del esperpento de “la muerte de la novela”, tan en boga en aquellos tiempos. Coincido con Eva Díez cuando dice que fue el maestro de toda una generación, y que los periodistas culturales, están un poco huérfanos desde su fallecimiento. Pero siempre nos quedara su obra y su sonrisa socarrona, y este, su último libro de artículos periodísticos, posiblemente el único género literario que nunca te fallara.
¿Conocen ustedes a Sabina?. ¿A Joaquín Sabina, cantante, poeta, trovador, músico, showman….? Es posible que muchos de cuantos hoy en día se declaran devotos seguidores de Don Joaquín Sabina, de su música y sus letras, nunca hayan oído hablar de La Mandrágora. ¿Qué es eso? se preguntarán estupefactos. Es posible que cuando les cuentas que Don Joaquín comenzó contando en un Pub madrileño de ese nombre por cuatro perras junto a Javier Krahe y Alberto Pérez, y que encima llegaron a grabar un disco (dicen las malas lenguas que el trovadore reniega del mismo, aunque eso seguro que debe ser envidia) saldrán a buscarlo como alma que les lleva el diablo, o a descargárselo de Internet, si es que se lo permite la ministra de cultura y sus acólitos. Pongamos que hablo de Joaquín (Ediciones B) es uno de esos libros de memorias escritos por un tercero, imprescindibles para no olvidar lo que fuimos, lo que somos y posiblemente lo que seremos en un futuro no muy lejano. Se subtitula una mirada personal sobre Joaquín Sabina. Discrepo. Es una mirada personal solo de sus amigos, faltarían los comentarios que los hay, de quienes los sufrieron en carne propia, no como enemigos, pero si de quienes admirándolo, descubrieron un buen día que era demasiado humano para tratarlo como poeta. Con todo, yo me quedo con sus canciones, nunca con Sabina. Prefiero los buenos periodistas a la capilla que conforman los poetas. Esta ya me la conozco, y ya la he sufrido en carne propia. Y no se la recomiendo a nadie. A nadie.

jueves, 28 de julio de 2011

La génesis de la novela

La génesis de una novela, de un poema o de un relato corto, en definitiva de cualquier historia que nos propongamos contar en un momento determinado, suele venir precedida de un proceso de sedimentación paliativa, que es como a mí me gusta referirme cuando hablamos de las musas, de la inspiración o del innato talento que se le presupone a cualquier creador. Algo hay de incuestionable en esa consideración, si nos detenemos a analizar cuanto se escribe actualmente. Y algo debe de haber de cierto, porque o bien de una premisa, las musas, o bien de la combinación de dos de ellas, la inspiración y el talento, o del agresivo cóctel que se define de las tres una vez cuidadosamente combinadas, se define el resultado final de toda obra creativa, un resultado que no siempre viene acompañado del éxito o del reconocimiento, y que las más de las veces se enmarca dentro de lo efímero que de por sí tiene toda actividad neurológica. Podríamos incentivar, a partir de esta última consideración, que todo acto creativo tiene un “algo” de autodestructivo, y un mucho de equilibrio entrópico. Recientemente, hemos tenido la ocasión, la suerte o la fortuna de contemplar una de las más curiosas iniciativas artísticas que se hallan podido realizar. Me estoy refiriendo a la “metaexposición” Diáspora, una curiosa iniciativa que ha plagado de “movimientos escultóricos” la ciudad de Oviedo, que ha sido vilipendiada hasta la saciedad, y que finalmente terminó en el más absoluto ostracismo merced a que los objetivos propuestos inicialmente no iban parejos con la calidad de las obras o de los” “espectáculos” ofrecidos. La génesis en esta ocasión no partió del creador, sino de la chequera de unos señores empeñados en demostrar que progresía no está reñido con conservadurismo político. (¡Que ironía!). Uno puede escuchar historias todos los días, en el trabajo, en el metro o en el autobús, que por más que se lo proponga, a no ser que esa sutileza o ese dilema que se le presenta o en el que cree reconocerse salte oportunamente hasta la pantalla de su ordenador en forma de poema o relato, o hasta el lienzo en forma de bodegón o retrato, siempre se verá imposibilitado para acelerar un proceso a menudo ajeno pero siempre entrañable. Y me viene este razonamiento, porque he tenido ocasión de escuchar recientemente a Antonio Muñoz Molina a raíz de la publicación de su última novela, Carlota Fainberg. Decía Muñoz Molina, siempre tan discreto, siempre tan huidizo, siempre tan poco locuaz, que “toda historia no es sino una suma de otras muchas his-torias, de las que no se sabe ni donde acaban ni donde comienzan”. Y de esa forma tan sutil, tan enigmática y tan agradecida, se dedica a desentrañarnos a nosotros, los oyentes, las peculiaridades de la génesis de una novela corta, cuyo embrión básicamente tiene su comienzo cuando hace unos cinco años, recibe el encargo de escribir una narración relacionada con La Isla del tesoro. Descubre entonces con asombro un tesoro con las anotaciones escritas ¿dieciséis años atrás?, sobre una amiga llamada Mónica Fainberg, por entonces jefa de prensa de Planeta y Seix Barral, quien se había empeñado en hacer suya la causa de sacar adelante la que con el tiempo sería su primer éxito de ventas y de público: El invierno en Lisboa, y decide que ha llegado el momento de dar cuerpo a una historia que le ronda la cabeza hace tanto tiempo que hasta es posible que olvidara que incluso se afeita-ba cada dos días. Así nació Carlota Fainberg, como sincero homenaje a Mónica Faimberg. Y es que ¡cuántos quisiéramos tener una Faimberg en nuestras vidas!. Después de haber leído con esmero y hasta con pasión adolescente la última novela de Muñoz Molina un autor recurrente al que se espera con impaciencia, deduzco el porqué contaba en la radio lo fácil que era el volver a encontrarse con sus temores mancebos, con sus historias misteriosas a medio camino entre el sueño y el juego, y como no, con las que sin duda deben de ser sus lecturas más queridas. Aquellas que nacen de la devoción de amar y sentir la literatura como pocos saben hacerlo. Porque el respeto a la letra es-crita pasa inevitablemente por asumir como propias las creaciones de todos aquellos que nos han precedido. (Y me niego en esta ocasión a citar nombre alguno, so pena de cometer una de las mayores injusticias, que sería la del inconsciente olvido de algunos autores). Dice Muñoz Molina, que “Borges ha tenido una influencia decisiva, formativa”... y “que con él la escritura dejó de ser ino-cente, natural, porque había que atacar a la Dictadura”, es decir, con él, la escritura comenzó a tener una nueva dimensión, y a vagar eternamente hasta hoy en día, por los vericuetos caminos del compromiso social y político. La génesis de una obra, nunca debemos de buscarla más allá de nuestra presencia más querida. (Un poema está impreso en la sonrisa de unos labios, en la dramática fotografía de un niño africano atacado por la hambruna más capitalista de cuantas hallamos podido captar, o en el desasosiego que produce el levantarse por la mañana y contemplar amargamente que el mundo no ha dejado de girar). Y una vez más, Antonio Muñoz Molina haciendo bueno aquel Aristotélico Principio que estudiáramos en la Universidad, nos demuestra como si de una axioma se tratara que también él la encontró esperándole pacientemente a la vuelta de la esquina en una vieja libreta de anillas en donde la llevaba esbozando casi diez años.

miércoles, 20 de julio de 2011

Mutismo absoluto

Hay autores que pasan por la vida (literaria, se entiende) sin apenas meter ruido, sin levantar ni una sola polvareda, sin ser objeto de mas recriminaciones o escándalos que los propios que generan las envidias mas ruines y mezquinas. Generalmente suelen ser escritores, como algún laborioso crítico literario suele decir, que nunca habrán de jugar en Primera División, entre otras razones porque aún sobrándoles capacidad de trabajo y ambición, les falta talento (dicen), cualidad que en boca de tan sesudos censores suele ser sinónimo de fracaso. Son creadores ocultos, que acostumbran a guardar una timidez nada casual, y que en muchos casos alientan con su silencio el mito de Bartlebly. Me viene a la memoria ahora Juan Rulfo, de quien muchos nada sabíamos hasta la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y más en concreto hasta aquella demostración de amistad que le dedicara Gabriel García Márquez acompañándole en su entrega, para quien su simple memoria justificaba sus Cien años de soledad. Ahora, se reeditan las novelas completas de otro mito de la literatura:
Magroll el viajero, la secuencia histórica que ideara en este caso otro colombiano menos ilustre que el anterior pero como Rulfo también Premio Príncipe de Asturias de las Letras, amigo de Gabo y como buen amigo del Nóbel que es, referente de su obra. Y ha vuelto a suceder. Gabriel García Márquez, Gabo para aquellos que tienen la fortuna de conocerle, ha vuelto a darnos una auténtica clase literaria, una muestra de su mejor quehacer desde las páginas de un conocido diario nacional. Y todo, para contarnos las diferentes anécdotas que rodearon la génesis y posterior publicación de Cien años de soledad. Es Gabriel hombre parco en palabras aunque no en letra impresa, no en vano en su legado habrá de dejarnos algunas de las páginas más brillantes y de las más lúcidas anécdotas de la historia de la literatura. Y todas, rodeadas del necesario misterio que se le exige a un escritor de la talla moral y humana de Gabo. Y al igual que cuando viniera de incógnito sucesivamente por la vetusta ciudad de Oviedo con ocasión de las entregas del Premio Príncipe de Asturias de las letras a sus amigos Álvaro Mutis y Juan Rulfo, con el único fin de acompañar a quienes consideraba un poco como sus maestros y mentores, ahora que le hacen entrega del Cervantes al primero de ellos, rinde homenaje merecido a quien considera un poco como su albacea literario. Por entonces, cuando el Príncipe de Asturias, pocos conocían (entre los que me incluyo) la obra del autor del Magroll el viajero, pero mucho éramos los seguidores de la estela del Nóbel colombiano. García Márquez, que no era ajeno a tanta expectación pero que tampoco pretendía robarle mérito a su amigo, estuvo recluido en las habitaciones del hotel hasta la llegada de la hora de la entrega de los Premios. Sólo así algunos pacientes lectores conseguimos que estampase su firma en uno de sus libros. Y al igual que sucediera con Rulfo pocos conocíamos la impostura de Magroll, o de Mutis, o de Márquez. Fue allí cuando comenzó a fraguarse la leyenda de la sugerencia que un buen día, años antes de que Cien años de soledad viera la luz, le hiciera Álvaro Mutis a su buen amigo García Márquez: que se leyera el Pedro Páramo de un tal Juan Rulfo, y que después escribiera. La historia, tan caprichosa como injusta, habría de tergiversar aquel hecho dotándole de una impronta de candidez que poco o nada aportaría a un suceso cargado de romanticismo. Cuesta imaginar a Gabo recomendándole a Álvaro Mutis la lectura de la maravillosa novela de Juan Rulfo, y no porque atente contra la regla de la verosimilitud, sino porque en nuestro fuero interno ya habíamos trazado la línea divisoria que uniría indefectiblemente a los tres escritores, y lo más importante, nos creíamos la historia. Aprender a leer es aprender a escribir, y viceversa. Esa lección la aprendió primero Álvaro Mutis para después trasmitírsela a su amigo Gabo. Por eso de alguna forma, Magroll, como el coronel Buendía, están unidos inexorablemente en el éxito y en el fracaso, y por eso quienes reímos, sufrimos y lloramos con la buena literatura no podemos sino sentirnos herederos de la obra del Premio Cervantes como en su día lo fuimos del Nóbel.

martes, 21 de junio de 2011

Guerra y surrealismo


¿Qué son las Cosmicómicas?. Italo Calvino invento las Cosmicómicas que es tanto como decir que Albert Einstein desarrollo la teoría de la Relatividad. Las leí en su momento en una vieja edición pero aparte de la recopilación anterior hecha por Siruela, creo que nunca las habíamos tenido todas juntas. De ahí el enorme merito y placer de volver a encontrarme con ellas. Y si como digo, Einstein regaló a la humanidad la ya famosa fórmula e=mc2, Calvino es el autor de algunos de los más maravillosos relatos fantásticos del siglo XX. Y Las cosmicómicas forman parte de ese legado. Comparar ambos genios no es baladí, permítanme decirlo. Las tribulaciones del viejo Qfwfq, protagonista de estas cosmicómicas, en las que Calvino trasladó al lenguaje de la calle todo el sesudo desarrollo matemático-filosófico-científico de la ciencia moderna, nos resultan tan cercanas o lejanas como las teorías del viejo profesor. En medio, el convencimiento por parte de los dos de que la ciencia no debe ser ajena al pueblo. Todo lo contrario. De que es posible vivir el día a día intentando entender el devenir científico que nos rodea. Y de que la fina línea que la separa de la literatura es inapreciable he impredecible. En fin.

Nocilla Experience fue uno de esas novelas inclasificables para los lectores que tanto gustaron a los críticos por ser absolutamente rompedoras con lo publicado hasta la fecha. En ella confluían Internet, los blogs, las performances, la poesía postpoética, los graffitis, el comic y como no, a veces, destellazos de la novela mas decimonónica. Y todo batido invitaba a convertirse algún día en novela grafica. Y ese día ha llegado. Si Nocilla Experience era un calidoscopio de imágenes y sensaciones, Nocilla Experience (La novela grafica) es un calidoscopio de imágenes amplificadas gracias a la magia del comic. Si en Nocilla Experience primaban las vivencias, ahora lo hacen los contenidos visuales, pero siempre dentro del relleno de unos protagonistas que nunca sospecharon ni por asomo que podrían serlo de un comic. La dificultad de llevar Nocilla Experience a la novela gráfica, radica precisamente en la propia estructura del libro: pequeños paratextos, que no son ni textos ni hipertextos. Y desde esa experimentación literaria cercana a las vanguardias, Agustín Fernández Mallo había entregado a la imprenta un gigantesco texto conformado por infinidad de pequeños paratextos. “El mundo es fragmentario”, decía el autor. Su novela también. Porque para leer Nocilla Experience había que hacerlo con la vista, pero también con el oído, el olfato, el gusto.... y como no, el tacto, y algún que otro sentido que no recuerdo. Por eso la novela invitaba convertirse en Novela grafica. Y Pere Joan o ha hecho.

El siglo XX, nos dejó entre otras cosas, dos grandes guerras: la I y la II guerra mundial. La belleza y el dolor de la batalla, este monumental fresco firmado por el historiador y secretario de la Academia Sueca Peter Englund, se ocupa precisamente de la primera de ellas, y resulta curiosa ya que la literatura respecto de la misma podríamos decir que salvo casos notables brilla por su ausencia. Referirse a La belleza y el dolor de la batalla como un “fresco literario”, es posiblemente la mejor manera de hacerlo. Estamos ante decenas de testimonios de veinte personas que vivieron la contienda día a día, que realmente existieron reales, nunca personajes de ficción, lo que otorga más verosimilitud al relato. Hombres y mujeres que nos son cercanos porque al igual que en cualquier otra guerra posterior (o anterior) hubieron de sufrir idénticas vivencias: la pérdida de la juventud, del ser querido, de los familiares…. Por todo ello y mucho mas, La belleza y el dolor de la batalla es un fresco literario, un bodegón por el que transitan personajes históricos anónimos que un día tuvieron nombre y que hoy, posiblemente descansan en algún lugar de Europa del que nunca habían oído hablar. Un libro a decir de muchos comparable a la gesta literaria de Vasili Grossman.

lunes, 13 de junio de 2011

DOS HOMBRES, DOS NOMBRES


Johann Wolfgang Goethe trazó una «W» sobre la manta que lo arropaba poco antes de morir y casi cien años después, Orson Welles pronunció unas enigmáticas sílabas en su lecho de muerte, las de un nombre que a su vez había sido utilizado por el propio director de niño para bautizar el trineo de su infancia. ¿Coincidencia de dos genios o grotesco destino? ¿Conocía Welles los avatares que rodearon la muerte de Goethe?. Es posible que sí, que el magistral director fuera conocedor tanto de la vida como de la muerte del genial poeta y dramaturgo, así como de las eventualidades que rodearon su imagen. No en vano, el carácter monolítico, estático y solemne del «padre» de Werther, a decir de Ortega y Gasset, podría perfectamente firmarlo la personalidad del «padre» del cine moderno. Ambos descubren en sus obras a personajes brillantes y vitalistas, marcados por su nacimiento y por la instrucción que habrían de recibir en su juventud. Ambos sabían y eran conscientes de ser unos genios y como tales se aceptaban. Cada uno en su disciplina, provocaron la perenne fascinación de ser excepcionales en todos los sentidos, ya que para un genio las cosas suceden de una forma fluida y suele dar por sentado su inmortal condición desde su propia naturalidad. Fueron surgiendo de esa manera obras como Penas del joven Werther, conjunto de escritos que a pesar de no haber sido configurados en un principio por Goethe como un todo integral indivisible, en 1774 aparecieron como novela, y Ciudadano Kane, paradigma del cine contemporáneo, tanto por la temática que desarrolla como por la ejecución de sus planos en donde Orson Welles desborda maestría y oficio como pocas veces se había visto hasta entonces. La obra de Goethe, que vería prohibida su difusión en España por ser considerada «análoga a otras recogidas y condenadas por el Santo Tribunal de la Inquisición», debe su éxito a haber sabido conjugar como pocas la sensibilidad y el talante de una época marcada por el desarrollo de la Ilustración. Si al Cándido de Voltaire se le considera el símbolo filosófico-literario de una actitud ante la vida, Penas del joven Werther pasa por ser justo lo contrario, en definitiva «las sombras de la pasión» frente a «las luces de la razón», o por decirlo de otra forma, la lógica francesa frente a la candidez germana. En cierto modo, el filme Ciudadano Kane está impregnado de idéntico romanticismo, algo que se ve desbordado en dos momentos de la película, dos instantes que coinciden con el momento clave en el que Orson Welles pronuncia la palabra sobre la que tanto se ha escrito. Mejor dicho, Welles la pronuncia en uno sólo de ellos, ya que en otro, lo que se visiona es un viejo trineo con dicha palabra grabada en su lateral consumiéndose por el fuego. ¿Qué mensaje quiso trasmitir el genial director? Es posible que nunca lo sepamos, de igual forma que desconocemos el verdadero motivo por el que Goethe a la edad de 26 años decide partir para Weimar, la pequeña ciudad en la que habría de residir el resto de sus días como cortesano, hombre de estado y poeta, que es como realmente nos interesa conocerlo.
No es Ciudadano Kane una película fácil de ver aún a riesgo de parecer lo contrario, como tampoco Penas del joven Werther parece a simple vista una obra de cómoda lectura. Si cabe, ambas fueron concebidas en su juventud por dos espíritus indestructibles que vieron pasar la vida como una exhalación a su lado. Sólo cuando Goethe, después de trazar con sus dedos una «W» sobre la manta que le cubría, posiblemente la inicial de su particular Prometeo, o la de la indestructible Weimar, muere en una mañana del 22 de marzo, y cuando Orson Welles escupe con olor mancillado la palabra Rosebud sobre el objetivo de la cámara, uno tiene la sensación de ser partícipe inconsciente de un secreto que va más allá del inicialmente creado por sus ascendientes.

lunes, 2 de mayo de 2011

Dos libros curiosos


Recupera la Editorial Lengua de Trapo dentro de la celebración del quince aniversario de LdT, uno de sus títulos más emblemáticos, la novela Sangre a borbotones, firmada por el entonces desconocido autor Rafael Reig, y amparada entre otras cosas por la cualidad de haber sabido ir ganándose un hueco dentro del panorama literario en curso. Conviene decir que estábamos ante una de las mayores, si no mejores, cosechas literarias de los últimos tiempos, por lo que desde el principio Sangre a borbotones estaba llamada a pasar desapercibida. Pero el tiempo, los buenos oficios del escritor y de la obra, y los piropos que algunos de sus colegas le dedicaran por ejemplo en la edición de la Semana Negra de Gijón del año 2002, obraron el milagro. Básicamente la novela es aparentemente sencilla y hasta lineal. En un Madrid irreconocible en el que El Paseo de la Castellana se configura como una de las principales vías de comunicación... marítimas, en un país en el que el Partido Comunista acaba de ganar las elecciones, en definitiva, en un contexto tan inverosímil como irreconocible, el detective Carlos Clot se enfrenta a los que posiblemente habrán de ser los tres casos más importantes de su carrera: la aparente infidelidad de la mujer de un empleado municipal, la huida de la supuesta hija adolescente, y aparentemente drogadicta, de un desesperado padre con pinta de maniquí de tercera generación, y la también desaparición -metanovela pura y dura - de la protagonista de la novela, Sangre a borbotones se titula, de un autor de tercera fila, que en un momento dado decide cobrar vida al margen de su creador. Mezcla de novela negra y de ciencia ficción y con un espectacular arranque de por sí tan disparatado como las 170 páginas siguientes, una cosa es cierta: Aunque en algunos momentos sufra altibajos narrativos y los árboles no dejen ver el bosque, no deja a nadie indiferente.
Por otra parte, pertenezco a una generación, que como Esther Tusquets, tiene o mantiene la celebre costumbre de ceder el asiento en el autobús a los inválidos, ancianos y mujeres embarazadas, que acostumbra a ser puntual en sus citas y acudir a las mismas con el dinero suficiente para que nadie te llame gorrón o te saque los colores, que procura ser discreto ante la presencia de uno de esos maravillosos buffets de barra libre con los que solemos soñar a menudo, que se adapta al calor cuando hace frío, y al frío cuando hace calor, todo sea para no perturbar al resto de los mortales, todo sea por no dar la nota, que se vuelve invisible en una esquina de un café a la espera de que el solicito camarero te vea y te atienda, que se ha sentido engañado, estafado en mas de una ocasión por taxistas, médicos, supuestos amigos, compañeros de trabajo sindicalistas, políticos, y nuevamente taxistas, médicos, amigos….., que aún llegando a perder buena parte de la fe en el ser humano continua confiando en el….. Pero no teman. Todo se pasa. La lectura de Pequeños delitos abominables (Ediciones B) es, a pesar de su autora, de nosotros mismos, reconfortante. Y al cierre del libro, la mala educación y cuantos epítetos sean achacables a mi generación, habrán sido un espejismo. Y al cierre del libro, la mala educación y cuantos epítetos sean achacables a mi generación, habrán sido un espejismo. Cierra el libro una propuesta de decálogo que no tiene desperdicio, que comienza: Capítulo 1.- Dado que amar al prójimo como a ti mismo resulta complicado, bastará que procures llevarte con él lo mejor posible. En fin.